¿Cuántas veces puede morir una franquicia antes de que se dé cuenta de que está muerta? Scream 7 llega en 2026 con la promesa de resucitar un legado que, honestamente, ya había entrado en territorio de zombie hace un par de entregas. La película trae de vuelta a Neve Campbell como Sidney Prescott y a Courteney Cox como Gale Weathers, dos iconos que merecían un final digno, no esta prolongación innecesaria que huele a desesperación comercial.
El argumento suena familiar porque lo es: Sidney ha rehecho su vida en la tranquilidad del pueblo, pero Ghostface vuelve a acechar. El twist que se supone nos debe sorprender es que su hija Tatum se convierte en algo —la descripción se corta, pero podemos adivinar que en blanco de Ghostface o cómplice involuntaria—. Isabel May se suma al elenco en este rol crucial, aunque su presencia no parece suficiente para salvar un concepto que ya hemos visto explotado hasta el cansancio.
Con una calificación de 5.9, Scream 7 confirma lo que muchos ya sospechábamos: el slasher de máscaras blancas se ha convertido en parodia de sí mismo. No es malo con pasión; es malo con aburrimiento. Los guiños a películas de terror, la meta-narrativa que alguna vez fue fresca, ahora se siente como una colección de tics cansados. El problema es que Wes Craven no está aquí para darle alma al proyecto, y eso se nota en cada escena.
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La película tiene el derecho de existir, claro. Pero su existencia es principalmente un ejercicio de capitalismo corporativo disfrazado de nostalgia. Campbell y Cox merecaban mejor. El público merece mejor. Si esperas que Scream 7 reavive la emoción de la primera película o incluso que iguale los momentos memorables de sus mejores secuelas, prepárate para la decepción. Esta no es una película de terror; es un recordatorio de cómo muere lentamente una franquicia cuando solo le importa el dinero.